Creer en las jóvenes: el poder de transformar comunidades desde adentro

Creer en las jóvenes: el poder de transformar comunidades desde adentro

En Cofradía, Cortés, al norte de Honduras, muchas jóvenes crecen entre oportunidades limitadas, violencia y normas sociales que todavía les dicen cómo deben vestir, comportarse o incluso soñar. En Honduras, donde la violencia hacia mujeres y niñas y la desigualdad siguen afectando profundamente sus vidas, ser joven implica enfrentar barreras constantes para estudiar, conseguir empleo o participar en espacios de liderazgo comunitario.

         

Andrea Enamorado (27), Yesenia González (20), Emily Rodríguez (17) y Alondra García (21) conocen muy bien esa realidad. Todas viven en comunidades donde el desempleo juvenil y el machismo forman parte de la vida cotidiana. Algunas, como Andrea, han sido rechazadas en trabajos por “verse muy jóvenes”; otras han sido criticadas simplemente por no querer casarse o tener hijos todavía. “Tengo metas y quiero un buen futuro”, cuenta Alondra, recordando cómo muchas veces fue juzgada por querer priorizar sus estudios y su independencia antes de formar una familia.

         

Yesenia Gonzáles y Andrea Enamorado. Imagen: CARE Honduras

En estas comunidades, las mujeres jóvenes suelen crecer escuchando que ciertos trabajos “son para hombres”, que deben depender económicamente de una pareja o que no pueden aspirar a puestos de liderazgo. Varias de ellas relatan cómo incluso en procesos de búsqueda de empleo han enfrentado discriminación por ser mujeres. “Vos no vas a poder con este trabajo”, le dijeron a Yesenia cuando intentó trabajar en una bodega.

           

Pero sus historias comenzaron a cambiar cuando se integraron al proyecto Jóvenes Únicos y Unidos, impulsado por CARE Honduras junto a la Comisión de Acción Social Menonita (CASM) y con el financiamiento de Creative Visions. A través de talleres sobre liderazgo, violencia hacia mujeres y niñas, derechos humanos y normas sociales, encontraron por primera vez espacios seguros donde podían hablar sin miedo, cuestionar aquello que siempre habían normalizado y descubrir el valor de sus propias voces.

             

Muchas de ellas nunca habían participado en proyectos comunitarios. Al principio llegaron con dudas y nervios. Algunas sentían miedo de hablar en público o de equivocarse frente a otras personas. Sin embargo, poco a poco, los círculos de diálogo y las metodologías participativas les dieron confianza. “Aquí sentí que podía hablar sin que nadie se burlara”, comparte Emily, que además comenta que antes no podía hacer una exposición en el colegio sin paralizarse del miedo, mientras que ahora siente que puede expresarse con mayor libertad.

   

Emily Rodríguez. Imagen: CARE Honduras

       

Los talleres también les permitieron identificar distintos tipos de violencia que antes no reconocían. Descubrieron que la discriminación laboral, el acoso callejero y ciertas conductas normalizadas forman parte de la violencia basada en género. Alondra relató cómo un profesor hizo comentarios inapropiados hacia ella cuando estaban solos en un aula. Aunque sintió miedo, decidió poner límites y defenderse.

             

Hablar de estas experiencias en grupo les ayudó a comprender que no estaban solas. También fortaleció en ellas el deseo de ayudar a otras jóvenes de sus comunidades a reconocer situaciones de violencia y defender sus derechos. Varias coinciden en que muchas mujeres todavía normalizan el maltrato, el control o la discriminación porque crecieron viendo esas conductas como algo “normal”.

             

A pesar de los desafíos, estas jóvenes también hablan de esperanza. Sueñan con comunidades donde las mujeres puedan caminar libres de acoso, donde los hombres compartan responsabilidades en el hogar y donde las nuevas generaciones tengan acceso a oportunidades reales de estudio y empleo. Sueñan con romper ciclos que han pasado de generación en generación.

             

Andrea resume ese anhelo con claridad: “No somos la sombra de un hombre. Podemos hacer lo que ellos hacen y muchas cosas más, porque tenemos la capacidad”.

           

 

El proyecto Jóvenes Únicos y Unidos no solo les ha brindado conocimientos; también les ha mostrado que pueden convertirse en líderes y agentes de cambio dentro de sus propias comunidades. Ahora se preparan para replicar los talleres con otros jóvenes y vecinos, llevando conversaciones sobre violencia, igualdad y derechos a espacios donde antes estos temas rara vez se discutían.

Alondra García. Imagen: CARE Honduras

         

Saben que cambiar mentalidades no será fácil. Algunas personas podrían criticarlas o decir que “les están cambiando la forma de pensar”. Pero ellas también saben que cada conversación puede sembrar una semilla. “Somos jóvenes y queremos que la comunidad mejore”, afirma Yessenia.

           

Saben que cambiar mentalidades no será fácil. Algunas personas podrían criticarlas o decir que “les están cambiando la forma de pensar”. Pero ellas también saben que cada conversación puede sembrar una semilla. A través de los espacios de diálogo y reflexión impulsados por la metodología SAA, esperan que sus comunidades comiencen a cuestionar ideas que durante años normalizaron el machismo, la discriminación y la violencia hacia las mujeres y las juventudes.

             

“Somos jóvenes y queremos que la comunidad mejore”, afirma Yesenia. Sueñan con comunidades donde las mujeres jóvenes puedan expresarse sin miedo, estudiar, trabajar y participar en liderazgo sin ser juzgadas; donde los hombres aprendan a relacionarse desde el respeto y donde las juventudes sean vistas como personas capaces de aportar y transformar sus comunidades. En un país donde muchas veces migrar parece la única salida, estas jóvenes están demostrando que cuando existen espacios seguros, acompañamiento y oportunidades para participar, también es posible construir arraigo, liderazgo y esperanza desde las propias comunidades.

   

Jóvenes participantes de Taller SAA. Imagen: CARE Honduras