En las comunidades de La Lima y Cofradía, en el departamento de Cortés, crecer siendo joven significa convivir diariamente con la violencia, la falta de oportunidades, la discriminación y la presión constante de migrar. Muchos adolescentes abandonan la escuela temprano, otros enfrentan violencia en sus hogares o barrios, y para muchos la migración parece ser la única salida posible. Sin embargo, en medio de este contexto desafiante, jóvenes como Alisson Sagastume y Eder Irías están demostrando que también es posible construir esperanza desde sus propias comunidades.

Alisson tiene 17 años y vive en la colonia Brisas del Valle, en Cofradía. Desde pequeña entendió lo que significa sentirse excluida. Durante años sufrió bullying por su apariencia física y eso afectó profundamente su autoestima. “Siempre he sido gordita”, cuenta. Las burlas la llevaron a atravesar momentos de ansiedad y depresión, experiencias que marcaron su adolescencia. Pero también despertaron en ella el deseo de evitar que otras personas pasaran por lo mismo.
Su primer acercamiento al trabajo comunitario ocurrió cuando participó en proyectos juveniles impulsados por organizaciones locales. Junto a otros jóvenes gestionó pintura y materiales para mejorar escuelas y centros de salud de su colonia. Repararon pupitres, limpiaron espacios públicos y recuperaron áreas deterioradas. Para Alisson, esas acciones significaron mucho más que trabajo voluntario: fueron una oportunidad para descubrir que su voz podía generar cambios reales.
Fue así como conoció el proyecto Jóvenes Únicos y Unidos, implementado por CARE Honduras junto a la Comisión de Acción Social Menonita (CASM). A través de talleres sobre liderazgo, normas sociales, derechos humanos y equidad de género, Alisson comenzó un proceso de transformación personal. En los espacios de diálogo aprendió a reconocer cómo la discriminación y el bullying afectan la vida de otros jóvenes, y reflexionó sobre sus propias experiencias.

Imagen: CARE Honduras.
“Aprendí que no estaba bien repetir con otras personas lo que me habían hecho a mí”, expresó durante una entrevista. Los talleres también fortalecen su confianza. Hoy ya no siente miedo de hablar en público, participa activamente en actividades comunitarias y sueña con estudiar periodismo y comunicación. Incluso comenzó a crear contenido digital y aprendió a editar videos, descubriendo nuevas formas de expresarse y conectar con otros jóvenes.
Pero el aprendizaje de Alisson también la llevó a reflexionar sobre el futuro de Honduras y el papel de la juventud en la transformación social. “Los jóvenes somos el futuro del país”, afirma convencida. Para ella, uno de los mayores desafíos es la falta de oportunidades para quienes no tienen estudios universitarios o recursos económicos. Cree que muchos jóvenes desean trabajar, emprender y apoyar a sus comunidades, pero necesitan que alguien crea en ellos y les abra una puerta. Su sueño es que existan más espacios comunitarios donde adolescentes y adultos puedan aprender oficios, recibir apoyo psicológico y fortalecer sus capacidades para construir un futuro distinto sin tener que migrar.

A varios kilómetros de allí, en la colonia Flores de Oriente de La Lima, vive Eder Irías, de 23 años. Para él, participar en Jóvenes Únicos y Unidos significa involucrarse por primera vez en un proceso comunitario. Eder describe su colonia como un lugar donde muchos jóvenes crecen sin oportunidades y donde niños de apenas 12 o 13 años comienzan a consumir drogas porque sienten que nadie cree en ellos.
“La gente migra porque no encuentra trabajo ni oportunidades”, explica. En su comunidad, muchos jóvenes enfrentan discriminación por su apariencia, su nivel educativo o simplemente por el lugar donde viven. Algunos trabajan en el transporte urbano, exponiéndose diariamente a riesgos y violencia. Otros desean estudiar o encontrar empleos distintos, pero no logran acceder a oportunidades.
En medio de esta realidad, los talleres del proyecto le permitieron reflexionar sobre temas que nunca antes había cuestionado. Durante las sesiones sobre normas nocivas hacia la igualdad entre hombres y mujeres, y masculinidades, Eder comprendió la importancia de erradicar el machismo y promover relaciones basadas en el respeto. “He aprendido a valorar más el papel de la mujer en mi comunidad”, comparte. También reconoce que el proceso contribuye a fortalecer su autoestima y le ayuda a enfrentar situaciones de bullying que había normalizado durante años.
Más allá de los conocimientos adquiridos, tanto Alisson como Eder coinciden en algo fundamental: sentirse escuchados y valorados les permitió imaginar un futuro distinto dentro de sus propias comunidades. En contextos donde la migración suele verse como la única alternativa, proyectos como Jóvenes Únicos y Unidos están ayudando a que las y los jóvenes descubran que también pueden convertirse en líderes, facilitadores y agentes de cambio en sus barrios.
La metodología de Análisis Social y Acción (SAA) utilizada por CARE Honduras y CASM busca precisamente eso: generar espacios seguros donde las comunidades puedan cuestionar normas sociales dañinas, dialogar sobre violencia y desigualdad, y construir colectivamente nuevas formas de convivencia. A través de círculos de diálogo, talleres y acciones comunitarias, los jóvenes fortalecen habilidades de liderazgo, comunicación y participación cívica.

Para Alisson, el cambio significa perder el miedo y usar su voz para inspirar a otros. Para Eder, significa demostrar que los jóvenes de su colonia merecen oportunidades y pueden construir un futuro diferente sin abandonar su comunidad: “Será un gran honor para mí saber que he contribuido a que mi colonia sea mejor”, comenta sonriendo. Ambos representan una nueva generación de jóvenes hondureños que, pese a crecer en contextos marcados por la violencia y la exclusión, están transformando el dolor en liderazgo y la desesperanza en acción colectiva.
Sus historias muestran que cuando las juventudes reciben apoyo, espacios seguros y herramientas para desarrollarse, no solo cambian sus propias vidas: también fortalecen el arraigo comunitario y siembran esperanza para toda una generación. A través de Jóvenes Únicos y Unidos, Alisson y Eder aspiran a que las y los jóvenes sean más reconocidos y valorados por sus comunidades, no como un problema que debe corregirse, sino como personas con ideas, capacidades y liderazgo para impulsar cambios positivos.
También sueñan con comunidades donde las mujeres jóvenes puedan participar, estudiar, trabajar y expresar sus opiniones con libertad y respeto, libres de discriminación y violencia. Mediante el diálogo y la reflexión promovidos por SAA, esperan contribuir a que sus comunidades construyan relaciones más igualitarias, donde jóvenes y adultos trabajen juntos para crear oportunidades y un futuro en el que más jóvenes decidan quedarse, aportar y prosperar en Honduras.
